El inicio de la ciencia ficción


Ciencia Ficción

Por Cristián Londoño Proaño


Los  orígenes de la ciencia ficción pueden encontrarse en diversas obras, tal como los relatos de la Atlántida que escribió Platón en «Cirinas», Timeo en «La parodia de las falsas narraciones de viajes» y Luciano de Samosata en «Una Historia verdadera». Pueden rastrearse en algún aspecto en los relatos moralizantes de Tomás Moro y su «Utopía», en Tommaso Campanellay  y «La Ciudad del Sol» y Francis Bacon y su narración sobre la «Nueva Atlántida». Todos los autores mencionados tienen rasgos de la ciencia ficción, pero al mismo tiempo, sus obras se alejan, porque carecen de la especulación científica o el uso de las tecnologías. En cambio, los acercan a la línea fantástica. 

Frankestein

Algunos autores colocan a  la obra de Mary Shelley: «Frankenstein o el prometeo  moderno» como el antecendente de la literatura de ciencia ficción. Tanto Brian Aldiss como Isaac Asimov consideran que esta novela puede ser considerada como la primera obra de verdadera ciencia ficción. En cambio, otros autores no  colocan a esta novela, porque lo consideran una novela gótica donde se evidencian los rasgos de las novelas fantásticas y de terror. Miquel Barceló lo señala en su obra «Ciencia Ficción - Guía de Lectura»: «Muchas veces se ha querido incluir este tipo de narraciones dentro de la ciencia ficción, aunque el punto de vista no parece adecuado ya que carecen de la pretensión «científica» de la ciencia ficción de la primera época. En realidad, el Frankenstein de Mary Shelley es una excepción en este conjunto de narraciones góticas por ser la ciencia y uno de sus descubrimientos (la creación de una nueva vida) el eje central de la novela, sin perder por ello las características que permiten su lectura en clave de relato de terror». 

Pero, lo que todos autores están de acuerdo, es que los padres fundadores de la ciencia ficción son los escritores de las novelas que se consideraron «romances científicos». Las obras que fundaron el género fueron las novelas de Julio Verne y su pasión por el avance tecnológico; y las novelas del británico H.G Welles, que incluye elementos de las ciencias sociales, de la filosofía y de las ciencias duras como la física.

Verne

La «invención» del  genero llegó en 1926. El editor norteamericano Hugo Gernsback, que fundó la revista «Amazing Stories», logró acuñaron el término: ciencia ficción. En esta memorable revista se publicaron relatos que «entretuvieran, distrajeran y al mismo tiempo instruyan» en algún tema de la ciencia, como «los romances científicos de H.G Wells».  Este editor norteamericano fue fundamental para el género, porque  la comunidad que estaba naciendo, necesitaba de una fuerte referencia editorial, de hecho, en las páginas de «Amazing Stories»  publicaron muchos escritores fundamentales del género como Ray Bradbury.  Por estas razones, Gernsback es considerado el padre de la ciencia ficción, por que elaboró una categoría separada dentro de la narrativa. 

Gernsback


El término «ciencia ficción» que acuñó Gernsback fue una categoría que reconocía  a todos los autores que habían contribuido y se esforzaban por ese naciente género. Una comunidad que tenía varias temáticas comunes como «la extrapolación rigurosa, adoración por la tecnología y las aventuras de mundos extraños», así lo señala Orson Scott Card en su libro «Cómo escribir Ciencia Ficción y Fantasía».  Hay que tomar en cuenta que rindió homenaje, como lo dice  Orson Scott Card: «a una comunidad que  existía, que florecía y esparcía su semilla, para las nuevas generaciones repitieran, revisaran y reinventaran la misma tradición literaria». Un tradición que intentaba  dar respuesta a múltiples preguntas, inventaba nuevas tecnologías que mejoraban o empeoraban nuestra calidad de vida, nos advertían de sociedades totalitarias y dementes, que miraban el comportamiento de los humanos en sucesos extraños o extremos. Metafóricamente, Gernsback puso el nombre a un campo en que crecían muchos capullos extraños y complejos que ya nacían en varias partes del mundo, que nadie sabía como dar forma, que eclosionarían en la literatura y decidirían tener su propio territorio.